Subir a por aire
Subir a por aire A los dieciocho años, Joe se había convertido en una mala pieza. Era un chico robusto, mucho más alto que el resto de la familia, de espaldas enormes, cabeza grande y expresión hosca y enfurruñada. Llevaba ya un respetable bigote. Cuando no estaba en el bar de George, estaba sin hacer nada en el umbral de la tienda, con las manos hundidas en los bolsillos, mirando retadoramente a la gente que pasaba, como si quisiera tumbarlos a puñetazos, excepto cuando se trataba de chicas. Si alguien venía a la tienda, se apartaba lo imprescindible para dejarle pasar y, sin sacar las manos de los bolsillos, volvía la cabeza y gritaba: «¡Papá, a la tienda!». De aquí no pasaba su ayuda. Además, gastaba un dineral en cigarrillos y bebidas; padre y madre, desesperados, decían que «no sabían qué hacer con él». Una noche se fue de casa y nunca volvimos a saber de él. Forzó el cajón de la tienda y se llevó todo el dinero que había, que por suerte no era mucho, unas ocho libras. Suficiente para un pasaje de cubierta para América. Joe siempre había querido ir a América, y creo que eso fue lo que hizo, aunque nunca lo supimos con seguridad. En el pueblo, la cosa constituyó un pequeño escándalo. La versión oficial fue que Joe se había largado porque había dejado en estado a una chica. Había una tal Sally Chivers, que vivía en la misma calle que los Simmons, que iba a tener un niño. Joe había estado con ella, ciertamente, pero además de él había una docena, y nadie sabía de quién era el niño. Madre y padre aceptaron aquella explicación, e incluso, en privado, la utilizaron para excusar a «su pobre muchacho» por haber robado las ocho libras y haberse ido de casa. No llegaron a comprender que Joe se había largado porque era incapaz de llevar una vida decente y respetable en un pueblo pequeño y quería una vida de vagancia, peleas y mujeres. Nunca tuvimos noticias suyas. Quizá murió en la guerra o quizá, sencillamente, no quiso molestarse en escribir. Quizá se echó a perder completamente. Por fortuna, el niño de Sally Chivers nació muerto, y no hubo complicaciones por aquel lado. Con respecto al hecho de que Joe hubiese robado las ocho libras, madre y padre consiguieron mantenerlo secreto hasta su muerte. A sus ojos, era una vergüenza mucho mayor que el niño de Sally Chivers.