Subir a por aire
Subir a por aire Lo de Joe avejentó mucho a padre. Con su marcha no perdía nada que no hubiese perdido ya, pero la cosa le dolió y le avergonzó mucho. A partir de aquel momento, pareció encogerse, y su bigote encaneció mucho más. Quizá mi recuerdo de él como un hombrecillo gris de cara redonda, arrugada y ansiosa, con las gafas polvorientas, data en realidad de aquel tiempo. Muy lentamente, se sentía más y más agobiado por las preocupaciones económicas y se iba desinteresando de todo lo demás. Hablaba menos de política y de lo que decía el periódico del domingo, y cada vez más de los problemas del negocio. Madre también pareció encogerse un poco. En mi niñez, yo la había conocido como algo vasto y desbordante, con su cabello rubio, su cara risueña y su enorme pecho. Era una criatura grande y opulenta, como el mascarón de proa de un barco de batalla. Ahora se había vuelto más pequeña y más inquieta y vieja de lo normal para su edad. Era menos altiva en la cocina; preparaba con mayor frecuencia espalda de cordero, y se quejaba del precio del jabón. Y comenzó a usar margarina, producto que antes no hubiese tolerado nunca en casa. Cuando Joe se fue, padre tuvo que tomar otra vez un aprendiz. Eran chicos muy jóvenes que sólo se quedaban un año o dos, y que no podían levantar grandes pesos. Yo le ayudaba a veces, cuando estaba en casa, pero era demasiado egoísta para hacerlo regularmente. Todavía puedo verle, doblado y casi oculto por un enorme saco, avanzando trabajosamente por el patio, como un caracol bajo su concha. El saco, que debía de pesar unos setenta kilos, oprimía su cuello y sus hombros casi hasta el suelo, y su cara con gafas miraba ansiosamente hacia arriba. En 1911 tuvo una hernia, y hubo de pasar varias semanas en el hospital y contratar temporalmente a un encargado para la tienda, lo cual constituyó otra mengua en su capital. La ruina de un pequeño comerciante es algo dramático, pero no es brusco y evidente, como el problema de un trabajador que es despedido y se encuentra de golpe en la calle. Es una disminución gradual de los negocios, con pequeños altibajos, perdiendo aquí unos cuantos chelines y ganando allá otros pocos. Un cliente antiguo deserta inesperadamente y se pasa a Sarazins. Otro compra una docena de gallinas y hace un pedido semanal de grano; ello permite resistir un poco más. El hombre es aún «independiente», pero cada día está un poco más abatido y se encoge un poco más su capital. Pero puede seguir así durante años, durante toda la vida con un poco de suerte. El tío Ezequiel murió en 1911, dejando ciento veinte libras, que debieron de ser una gran ayuda para padre. Pero en 1913 hubo de hipotecar su póliza de seguro de vida. Yo no me enteré de eso entonces; de haberlo sabido habría comprendido lo que significaba. Creo que yo sólo me daba cuenta de que padre «no iba bien de dinero», de que el negocio estaba «flojo» y de que habría de esperar un poco más para tener dinero para «establecerme». Al igual que padre, yo veía la tienda como algo permanente, y tendía un poco a enojarme con él por no llevar mejor las cosas. Yo no podía ver, como no podía verlo él ni nadie, que se estaba arruinando lentamente, que el negocio nunca volvería a animarse y que, si vivía hasta los setenta años, acabaría con toda seguridad en el asilo. Muchas veces yo pasaba por delante de Sarazins, en la plaza, y pensaba simplemente que me gustaba más su reluciente escaparate que el de nuestra polvorienta y vieja tienda, con el «S. Bowling» apenas legible, las desconchadas letras blancas y los descoloridos paquetes de grano para pájaros. No se me ocurría entonces que Sarazins era como un pulpo que iba a devorarle. A veces, yo le repetía algunas de las cosas que había leído en mis libros del curso de correspondencia sobre los modernos métodos de venta. Él no me hacía mucho caso. Él había heredado un negocio antiguo, había trabajado de firme, no había engañado a nadie y había vendido buena mercancía; ya se arreglarían las cosas. El hecho es que muy pocos tenderos de aquellos años acabaron efectivamente en el asilo. Con un poco de suerte, morían dueños aún de unas pocas libras. Era una carrera entre la muerte y la bancarrota y, gracias a Dios, la muerte se llevó antes a mi padre, y también a mi madre.