Subir a por aire
Subir a por aire Mil novecientos once, mil novecientos doce, mil novecientos trece. Les digo que era una época agradable de vivir. A fines de 1912, a través del Círculo de Lecturas del vicario, conocí a Elsie Waters. Hasta entonces, como todos los chicos del pueblo, yo había ido detrás de las chicas, y alguna vez había conseguido hablar con alguna y «salir» con ella algún domingo por la tarde, pero nunca había tenido una chica para mí solo. Es una cosa curiosa esta caza de las chicas cuando se tienen unos dieciséis años. En un lugar establecido del pueblo, los chicos pasean arriba y abajo de dos en dos, mirando a las chicas, y las chicas pasean arriba y abajo de dos en dos, fingiendo no ver a los chicos. Después, se establece algún tipo de contacto, y en lugar de por parejas se pasea en grupos de cuatro, los cuatro en absoluto silencio. La principal característica de aquellos paseos —y era peor la segunda vez, cuando uno salía solo con la chica— era la horrible imposibilidad de entablar cualquier tipo de conversación. Pero con Elsie Waters fue diferente. Quizá porque yo me iba haciendo mayor.