Subir a por aire

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Dios sabe lo que pasó con aquello. No me pregunten qué era ni qué tenía que ser el Ejército de Defensa de la Costa Oeste. Incluso en aquel primer momento, nadie fingía saberlo. Fue sólo un plan que se le pasó por la cabeza a alguien —a consecuencia de algún vago rumor de invasión alemana por Irlanda, supongo—, y los depósitos de comida que se suponía que existían a todo lo largo de la costa eran también imaginarios. La cosa había existido durante tres días, como una especie de burbuja, y había sido olvidada. Y yo con ella. Mis once latas de carne de ternera las habían dejado unos oficiales que habían estado allí en alguna otra misteriosa misión. También habían dejado allí a un anciano muy sordo llamado Private Lidgebird. Nunca descubrí cuál era la misión de Lidgebird. ¿Querrán ustedes creer que estuve custodiando aquellas once latas de carne desde mediados de 1917 hasta principios de 1919? Seguramente no lo creerán, pero es la verdad. Y en aquel momento no parecía especialmente extraño. Para 1918, ya se había perdido la costumbre de esperar que las cosas se produjesen de manera lógica.






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