Subir a por aire
Subir a por aire Aquélla era una parte solitaria de la costa, donde nunca se veía un alma, excepto unos cuantos campesinos que apenas se habían enterado de que había una guerra. Durante nueve meses del año, llovía, y durante los otros tres soplaba un furioso viento del Atlántico. En el lugar no había nada ni nadie excepto Private Lidgebird, yo, dos barracas del ejército —una de ellas bastante pasable, de dos habitaciones, que yo utilizaba— y las once latas de carne. Lidgebird era un tipo arisco; no pude sacarle gran cosa acerca de su persona, excepto el hecho de que antes de alistarse en el ejército había tenido un huerto, cuyos productos iba a vender al mercado. Y era interesante ver la rapidez con que volvió a su forma de vida anterior. Ya antes de que yo llegase a Twelve Mile Dump, había roturado y sembrado un cuadro de patatas junto a una de las barracas, y en otoño sembró otro cuadro hasta llegar a las siete áreas de tierra cultivada. A principios de 1918, comenzó a criar gallinas, que para verano se habían reproducido abundantemente, y a finales de año consiguió incluso hacerse con un cerdo, sabe Dios cómo. No creo que se le ocurriese nunca preguntarse qué demonios estábamos haciendo allí o qué era el Ejército de Defensa de la Costa Oeste, caso de que admitiese su existencia. No me sorprendería enterarme de que está todavía allí, criando cerdos y patatas en el antiguo emplazamiento de Twelve Mile Dump. Me imagino que sigue allá. Deseo que le vaya bien.