Subir a por aire

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Durante aquellos meses, hice algo que nunca había tenido ocasión de hacer como actividad única: leer.

Los oficiales que habían estado allá habían dejado unos cuantos libros, la mayoría ediciones de siete peniques y casi todos el tipo de tontería que estaba de moda entonces: Ian Hay, Sapper, las narraciones de Craig Kennedy y cosas de este tipo. Pero en algún momento había estado allí alguien que sabía qué libros valían la pena. Yo, en aquel momento, no tenía la menor idea. Los únicos libros que había leído voluntariamente eran novelas policíacas y, muy de tarde en tarde, algún libro verde. Dios sabe que ahora no soy ningún intelectual, pero entonces, si me hubiesen preguntado por un «buen» libro, habría citado La esposa que Vos me disteis, o (en recuerdo del vicario) Sésamo y lirios. Para mí, «un libro bueno» quería decir un libro que no se tenía ninguna intención de leer. Pero me encontré en aquel lugar, con un trabajo para el que no había que mover un dedo, con el mar rugiendo en la playa y la lluvia golpeando las ventanas, y toda una hilera de libros ante mis narices, en el estante provisional que alguien había improvisado en la pared de la barraca. Y, naturalmente, me puse a leerlos de cabo a rabo, al principio con tanto criterio selectivo como el que usa un cerdo al revolver en un montón de bazofia.


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