Subir a por aire
Subir a por aire Entre aquellos libros, había tres o cuatro que eran diferentes de los demás. No, no me han entendido. No se imaginen que descubrí inesperadamente alguna obra de Marcel Proust, Henry James o de alguien por el estilo. Aunque hubiese sido así, no la hubiese leído. Estos libros a los que me refiero no eran grandes obras. Pero de vez en cuando ocurre que uno da con un libro que corresponde exactamente al nivel cultural que ha alcanzado en aquel momento, hasta el punto de que parece haber sido escrito especialmente para él. Eso fue lo que me ocurrió a mí. Uno de aquellos libros era La historia del señor Polly, de H. G. Wells, en una edición barata de un chelín, que se caía a trozos. No sé si pueden imaginarse el efecto que me produjo a mí, hijo de un tendero de pueblo, educado como había sido educado, el encontrarme con un libro como aquél. Otro era La calle siniestra, de Compton Mackenzie. Hacía unos años, había sido el escándalo de la temporada, y a Lower Binfield llegó un eco lejano del asunto. Otro fue Victoria, de Conrad, algunos trozos del cual me aburrieron. Pero libros como aquéllos le hacían a uno pensar. Y había un número atrasado de una revista de cubierta azul que publicaba un cuento de D. H. Lawrence. No recuerdo el título. Trataba de un soldado alemán que tira a su sargento desde lo alto de una fortificación y después se escapa, y le cogen en el dormitorio de su novia. Me interesó mucho. No acabé de entenderlo, pero me quedé con ganas de leer otras cosas parecidas.