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Durante varios meses, sentí una necesidad de leer que era casi como la sed física. Era la primera vez que me ponía a leer seriamente desde mis días de Dick Donovan. Al principio, no tenía idea de cómo conseguir los libros. Pensaba que la única manera era comprarlos. Esto es interesante, creo. Demuestra la importancia que tiene la educación. Me imagino que los niños de las clases medias, de las clases de quinientas libras al año, conocen perfectamente la Biblioteca Mudie y el Club del Libro Times desde que están en la cuna. Yo no me enteré hasta entonces de la existencia de las bibliotecas de préstamo. Me suscribí a Mudie y a una biblioteca de Bristol. ¡La cantidad de cosas que leí en aquel año! Wells, Conrad, Kipling, Galsworthy, Barry Pain, W. W. Jacobs, Pett Ridge, Oliver Onions, Compton Mackenzie, H. Seton Merriman, Maurice Baring, Stephen McKenna, May Sinclair, Arnold Bennett, Anthony Hope, Elinor Glyn, O. Henry, Stephen Leacock, e incluso Silas Hocking y Gene Stratton Porter. ¿Cuántos de estos nombres son conocidos ahora? Supongo que no muchos. La mayoría de los libros considerados importantes en aquellos años están hoy olvidados. Yo me los tragué todos como haría una ballena en medio de un banco de gambas. Gozaba de ellos sin preocuparme de seleccionar. Al cabo de algún tiempo, como es lógico, me volví un poco más crítico y comencé a distinguir la calidad. Leí Hijos y amantes, de Lawrence, y no lo pasé del todo mal. Y disfruté mucho con El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y con los Nueve caballeros de Arabia, de Stevenson. El autor que me causó mayor impresión fue Wells. Leí Esther Waters, de George Moore, y me gustó, y comencé varias de las novelas de Hardy, aunque todas las dejé a la mitad. Incluso leí algo de Ibsen, que me dejó con la vaga impresión de que en Noruega está siempre lloviendo.


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