Subir a por aire
Subir a por aire Era extraño, realmente. Incluso entonces, la cosa me parecía extraña. Era un oficial del Ejército, no me quedaba casi ningún resto de acento cockney y sabía distinguir a Arnold Bennett de Elinor Glyn. Y sólo hacía cuatro años estaba cortando queso detrás de un mostrador, metido en mi delantal blanco, deseoso de llegar a conocer el oficio. Haciendo un balance general, he de reconocer que la guerra me hizo tanto bien como daño. En cualquier caso, aquel año de leer novelas constituye la única educación real que he adquirido nunca, en lo que a lecturas se refiere. Modificó bastante mi manera de ver las cosas y me dio una actitud crítica que probablemente no hubiese adquirido de haber seguido por la vida de una manera normal y sensata. Pero —no sé si entenderán esto— lo que realmente me hizo cambiar, lo que realmente me causó una gran impresión no fueron tanto los libros que leí como el espantoso absurdo de la vida que llevaba.