Subir a por aire
Subir a por aire Fue increíblemente absurdo aquel año de 1918. Allí estaba yo, sentado junto a la estufa en una barraca del ejército, leyendo novelas, y a unos cuantos centenares de kilómetros, en Francia, disparaban los fusiles, y miles de infelices muchachos, muertos de miedo, eran llevados al frente como quien echa carbón en el horno. Yo era uno de los privilegiados. Los peces gordos se habían olvidado de mí, y allá estaba yo, en un agujerito abrigado, cobrando por un trabajo que no existía. A veces era presa del pánico y estaba seguro de que acabarían por acordarse de mí y me sacarían de allí, pero eso nunca ocurrió. Los formularios oficiales, de áspero papel gris, fueron llegando uno cada mes, y yo los fui llenando y los fui devolviendo. La cosa tenía tanto sentido como el sueño de un loco. El efecto de todo aquello, además de los libros que leía, me dejó con una sensación de escepticismo total. Y no era yo el único. La guerra estaba llena de cabos sueltos y rincones olvidados. En aquel momento, millones de personas estaban en remansos parecidos al mío. Ejércitos enteros se pudrían en frentes cuyo nombre la gente había olvidado ya. Había enormes ministerios, con legiones de oficinistas y mecanógrafas que ganaban a partir de dos libras a la semana por amontonar papeles. Y ellos sabían perfectamente que no hacían otra cosa que amontonar papeles. Nadie se creía las historias acerca de las atrocidades del enemigo y los cuentos sobre la noble y pequeña Bélgica. Los soldados opinaban que los alemanes eran buenos tipos, y no podían ver a los franceses. Todos los oficiales jóvenes consideraban a los miembros del Estado Mayor como retrasados mentales. Una especie de oleada de escepticismo invadía Inglaterra, alcanzando incluso Twelve Mile Dump. Sería una exageración decir que la guerra convirtió a la gente en intelectuales, pero sí los convirtió en nihilistas para una buena temporada. Gente que en circunstancias normales mostraban tanta tendencia a pensar por sí mismos como una hogaza de pan se hicieron comunistas por efecto de la guerra. ¿Qué sería yo ahora si no se hubiese producido la guerra? No lo sé, pero hubiese sido diferente de lo que soy. A los que no mataba, la guerra les hacía ponerse a pensar. Después de aquel indescriptible y estúpido fregado, no se podía seguir considerando la sociedad como algo eterno e incuestionable, como una pirámide. Todo el mundo sabía que estaba prendida con alfileres.