Subir a por aire
Subir a por aire Aquella sensación pegajosa en el cuello me había dejado deprimido. Es curioso lo que le afecta a uno llevar jabón en el cuello. Parece que le arrebata toda la seguridad en sí mismo, como cuando se descubre en un lugar público que se lleva un agujero en la suela del zapato. Aquella mañana yo no me hacía ninguna ilusión acerca de mi apariencia. Era casi como si pudiese salir de mí mismo y verme desde alguna distancia bajando por la calle, con mi cara llenita y colorada, mi dentadura postiza y mi vestimenta vulgar. Un tipo como yo nunca podrá parecer un señor. A doscientos metros de distancia, se sabe inmediatamente a qué me dedico; no se nota, quizá, que trabajo concretamente en seguros, pero sí que soy algún tipo de corredor o vendedor. Mi atuendo de aquel día era prácticamente el uniforme de la tribu: traje gris de espiga bastante gastado, abrigo azul de cincuenta chelines y sombrero hongo, y no llevaba guantes. Y tengo el aspecto característico de las personas que venden a comisión, una especie de aspecto descarado y basto. En mis mejores momentos, cuando llevo un traje nuevo o cuando fumo un puro, podría pasar por un corredor de apuestas o por un recaudador de impuestos, y cuando las cosas andan muy mal podría ser un vendedor de aspiradores, pero, en general, mi aspecto denota con exactitud lo que soy. «De cinco a diez libras a la semana», dirían ustedes inmediatamente al verme. Económica y socialmente, represento al habitante medio de la calle Ellesmere.