Subir a por aire
Subir a por aire Aquella mañana, tenía la calle casi para mí solo. Los hombres se habían ido corriendo para atrapar el tren de las 8.21, y las mujeres estaban encendiendo las estufas de gas. Cuando uno tiene tiempo de mirar a su alrededor y además se encuentra en el estado de ánimo adecuado, puede ser divertido andar por estas calles de barrio y pensar en las vidas que transcurren en ellas. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es una calle cómo la de Ellesmere sino una cárcel con las celdas dispuestas en línea recta? Una hilera de cámaras de tortura semiseparadas donde los pobres asalariados con cinco o diez libras semanales lloran y crujen de dientes. Cada uno de ellos tiene al jefe haciéndole la puñeta, a la mujer subida en sus lomos y a los niños chupándole la sangre como sanguijuelas. Se dicen muchas tonterías acerca de los sufrimientos de la clase trabajadora. Yo no siento tanta compasión por los obreros. ¿Han visto alguna vez a algún peón que no pudiese dormir pensando en la posibilidad de ser despedido? El obrero sufre físicamente, pero cuando no está en el trabajo es un hombre libre. En cambio, en cada una de estas cajitas de estuco vive un pobre desgraciado que no es nunca libre excepto cuando está a punto de dormirse y sueña que ha tirado al jefe al fondo de un pozo y lo está sepultando con piedras.