Subir a por aire
Subir a por aire Pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Al cabo de un año o dos, dejé de desear matarla y comencé a reflexionar sobre ella. Simplemente reflexionar. He pasado horas, a veces, los domingos por la tarde o al volver del trabajo, echado en la cama sin zapatos, reflexionando sobre las mujeres. Por qué son como son, cómo se vuelven así, si lo hacen o no a propósito. Es algo espantoso la rapidez con que algunas mujeres se echan a perder después de casarse. Es como si hubiesen vivido únicamente con este fin, y una vez lo han cumplido, se marchitan como una flor que ha echado su semilla. Lo que me impresiona es la triste actitud hacia la vida que eso implica. Si el matrimonio fuese un engaño abierto, si después de la boda la mujer le cogiese a uno y le dijese abruptamente: «Bueno, cabrón, ya te he atrapado, y ahora trabajarás para mí mientras yo me doy la gran vida», la cosa no sería tan grave. Pero nada de esto. Ellas no quieren darse la gran vida, sino sólo hundirse en la madurez lo más pronto posible. Después de la esforzada batalla para llevar a su hombre al altar, la mujer se relaja, y toda su juventud, belleza, energía y alegría de vivir se esfuman de la noche a la mañana. Así ocurrió con Hilda. La que me había parecido una muchacha bonita y delicada —y cuando la conocí lo era realmente—, un animal de raza más fina que yo, se había convertido al cabo de tres años en una mujer madura y desaliñada, deprimida y sin vitalidad. No negaré que yo he tenido parte de culpa, pero lo mismo habría ocurrido si se hubiese casado con cualquier otro.