Subir a por aire

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Lo que le falta a Hilda —según descubrí a los pocos días de casarnos— es la más mínima alegría de vivir, el más mínimo interés personal en las cosas. La idea de hacer algo por gusto es algo que apenas le cabe en la cabeza. A través de Hilda supe por primera vez cómo son realmente esas familias empobrecidas de la clase media. Su característica esencial es la ausencia total de vitalidad debido a la falta de dinero. En familias como aquélla, que viven de pequeñas pensiones y rentas —es decir, de unos ingresos que nunca aumentan y que generalmente disminuyen—, hay más sensación de pobreza, más frugalidad y más mirar dos veces cada penique que en cualquier familia trabajadora del campo, por no hablar de una familia como la mía. Hilda me ha contado muchas veces que uno de sus primeros recuerdos es la horrible sensación de que nunca había bastante dinero para nada. Como es lógico, en este tipo de familias la falta de dinero se hace sentir al máximo cuando los hijos están en edad escolar. En consecuencia, los niños, y más aún las niñas, crecen con la idea de que siempre escasea el dinero y, sobre todo, de que uno está obligado a sentirse desgraciado por ello.





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