Subir a por aire

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Al principio, vivíamos en una casita muy sencilla y teníamos dificultades para pasar con mi sueldo. Más adelante, cuando me trasladaron al departamento de West Bletchey, las cosas mejoraron, pero la actitud de Hilda no cambió. Siempre aquellas lamentaciones por el dinero. ¡La cuenta de la leche! ¡La cuenta del carbón! ¡El alquiler! ¡La factura de la escuela! Toda nuestra vida de casados ha transcurrido al son del «la semana que viene estaremos en el asilo». No es que Hilda sea avara en el sentido corriente de la palabra, y menos aún que sea egoísta, pues incluso cuando tenemos algo de dinero ahorrado, me cuesta trabajo convencerla de que se compre alguna ropa decente. Lo que tiene es esa sensación de que uno debería vivir en constante zozobra por la falta de dinero. O sea, crear por deber una atmósfera de inquietud. Yo no soy así. Mi actitud hacia el dinero se aproxima más a la del obrero. La vida se ha hecho para ser vivida, y si la semana que viene estamos sin blanca, pues ya veremos lo que hacemos. Y lo que realmente le choca a Hilda es el hecho de que me niegue a preocuparme. Siempre me riñe con este motivo.

—¡Pero George! ¿Es que no te das cuenta? ¡Ya no nos queda nada de dinero! ¡Es muy serio!



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