Subir a por aire

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Le gusta desesperarse porque esto o aquello es «serio». Y últimamente ha cogido esa costumbre de encorvar los hombros y plegar los brazos sobre el pecho cuando está preocupada por algo. Si hiciésemos una lista de las frases que Hilda pronuncia durante el día, las tres más repetidas serían: «no podemos», «es un gran ahorro» y «no sé de dónde vamos a sacar el dinero». Todo lo hace por razones de tipo negativo. Cuando hace un pastel, no piensa en el pastel, sino en la manera de ahorrar mantequilla y huevos. Cuando estamos en la cama, todo lo que piensa es en no quedar embarazada. Cuando vamos al cine, se pasa el rato haciendo comentarios indignados sobre el precio de las entradas. Su forma de llevar la casa, con su insistencia en «aprovechar las cosas» y «hacerlas rendir» hubiese puesto enferma a mi madre. Hay que decir, por otro lado, que Hilda no es en absoluto esnob. Nunca me ha mirado por encima del hombro porque no soy un señor. Al contrario, en su opinión tengo costumbres demasiado refinadas. No podemos comer algo en una cafetería sin sostener una terrible pelea en voz baja porque le doy demasiada propina a la camarera. Y, cosa curiosa, en los últimos años ella se ha vuelto mucho más claramente baja clase media, en su manera de pensar y en su apariencia, que yo. Naturalmente, toda esta historia del ahorro nunca ha conducido a nada. Vivimos más o menos tan bien o tan mal como la demás gente de la calle Ellesmere. Pero la incesante preocupación por la cuenta del gas, la cuenta de la leche, el increíble precio de la mantequilla, los zapatos de los chicos y la factura de la escuela, continúa. Yo he llegado a la conclusión de que, en cierta manera, eso la divierte.


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