Subir a por aire
Subir a por aire Cuando subía por la colina de Chamford, me di cuenta de que la imagen de aquel camino que tenía en la mente era casi totalmente imaginaria. Pero algunas cosas habían cambiado realmente. La carretera estaba pavimentada con alquitrán, mientras que en los viejos tiempos lo estaba con macadán (recuerdo la sensación de rugosidad que se tenía al ir en bicicleta), y parecía mucho más ancha. Y había muchos menos árboles. Antes había allí enormes hayas entre los arbustos, y había puntos en que sus ramas se unían en lo alto, formando una especie de arco por encima de la carretera. Ahora no quedaba ninguna. Había llegado casi a la cumbre cuando me encontré con algo que sin duda era nuevo. A la derecha de la carretera había una colección de casas de aspecto falsamente pintoresco, con aleros salientes, pérgolas con rosas y cosas así. Ya conocen ustedes ese tipo de casas que tienen demasiada categoría para estar dispuestas en hilera, y están esparcidas formando una especie de colonia, con caminos privados entre ellas. Y a la entrada de uno de los caminos había un gran letrero blanco que decía:
LA PERRERA
CACHORROS DE SEALYHAM DE PURA RAZA
RESIDENCIA CANINA
¡Aquello sí que no estaba allí antes!