Subir a por aire
Subir a por aire Pero ¿dónde estaba Lower Binfield? ¿Dónde estaba el pueblo que yo conocía? Podía estar en cualquier parte. Todo lo que sabía era que estaba enterrado en algún sitio, en medio de aquel mar de ladrillo. De las cinco o seis chimeneas que se veían, no tenía idea de cuál era la de la fábrica. Hacia el extremo este de la ciudad había dos enormes fábricas, una de vidrio y la otra de cemento. Esto explica el crecimiento del pueblo, pensé, comenzando a hacerme a la idea. Se me ocurrió que la población del lugar, que era de unas dos mil personas en los viejos tiempos, debía de ser ahora de unas veinticinco mil o más. La única cosa que no había cambiado, al parecer, era Binfield House. Ésta no era gran cosa más que un punto en la distancia, pero se la podía ver en la colina de enfrente, con las hayas a su alrededor, pues la ciudad no había subido hasta aquella altura. Mientras la miraba, una escuadrilla de bombarderos negros voló por encima de la colina y de la ciudad.
Puse primera y comencé a bajar lentamente por la colina. Las casas habían trepado hasta la mitad de su altura. Eran esas casitas muy baratas que ascienden por la ladera de una colina formando una fila continua, con los techos uno por encima del otro como escalones, todos exactamente iguales. Pero poco antes de llegar a las casas me detuve otra vez. A la izquierda de la carretera había otra cosa completamente nueva: el cementerio. Me detuve junto a la puerta para echarle una ojeada.