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Era enorme, de unas ocho hectáreas yo diría. Un cementerio nuevo tiene siempre un aspecto improvisado e inhóspito, con sus ásperos senderos de gravilla, su verde y descuidado césped y sus ángeles de mármol hechos en serie, que parecen sacados de un pastel de bodas. Pero lo que más me llamó la atención en aquel momento fue el hecho de que en mis tiempos aquel lugar no existía. Entonces no había cementerio separado, sino sólo el adyacente a la iglesia. Recordaba vagamente al granjero a quien pertenecían entonces aquellos campos; se llamaba Blackett y tenía allí una vaquería. Y no sé cómo, el frío aspecto del lugar me hizo darme más cuenta de cómo habían cambiado las cosas. No era sólo que el pueblo había crecido tanto que necesitaba ocho hectáreas de terreno para enterrar sus cadáveres. Era el hecho de emplazar el cementerio allí, al final del pueblo. ¿Se han fijado que hoy en día siempre se hace así? Todas las ciudades nuevas tienen el cementerio en las afueras. Lo echan fuera, lo apartan de la vista. No les gusta la idea de la muerte. Y las inscripciones de las lápidas dan la misma impresión. Nunca dicen que la persona de debajo «murió», sino que «falleció» o «se durmió en la paz del Señor». Antes no era así. Teníamos el cementerio en el mismísimo centro del pueblo. Pasábamos junto a él todos los días, y veíamos el lugar donde descansaban nuestros abuelos y donde algún día nosotros descansaríamos también. No nos importaba la proximidad de los muertos. Claro que, cuando hacía calor, teníamos que olerlos también, pues algunos de los sepulcros familiares no estaban demasiado bien sellados.


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