Subir a por aire
Subir a por aire Hice rodar el coche lentamente colina abajo. ¡Qué extraño! No pueden imaginarse lo extraño que me resultaba todo. Durante todo el camino de descenso estuve viendo fantasmas, sobre todo fantasmas de árboles, setos y vacas. Era como si estuviese viendo dos mundos a la vez, como una especie de sombra de las cosas de antes superpuesta a la evidencia de las de ahora. ¡Allí está el campo donde el toro embistió a Ginger! ¡Y allá está el lugar donde crecían las setas! Pero ya no había campos, toros ni setas. Sólo había casas, casas por todas partes, casitas rojas de aspecto frío con sus cortinas sucias y sus trocitos de jardín posterior, que no tenían gran cosa más que un parche de césped o unas pocas espuelas de caballero esparcidas entre las hierbas. Había hombres andando arriba y abajo, mujeres sacudiendo esteras y niños mocosos jugando en las aceras. ¡Todos extraños! Todos habían llegado y se habían amontonado allí a espaldas mías. Y encima serían ellos los que me mirarían a mí como a un extraño, ellos que nunca habían oído hablar de Shooter y Wetherall, del señor Grimmett y del tío Ezequiel, que no sabían nada del viejo Lower Binfield ni les importaba un bledo saberlo.