Subir a por aire
Subir a por aire No me acordaba de nada. No conseguía recordar siquiera si era en aquel punto donde el pueblo comenzaba antes. Todo lo que sabía era que en mis tiempos aquella calle no existía. Era una calle bastante fea y de aspecto sucio; las casas daban directamente a la acera, y aquí y allá, en alguna esquina, había una tienda de comestibles o una pequeña y sórdida taberna. La recorrí por espacio de algunos centenares de metros, preguntándome dónde demonios iría a parar. Finalmente, me detuve junto a una mujer que iba por la acera, sin sombrero y con un delantal sucio, y asomé la cabeza por la ventanilla.
—Perdone, ¿podría decirme por dónde se va a la Plaza del Mercado?
No lo sabía. Me contestó con un acento tan cerrado que se podía cortar con un cuchillo: el de Lancashire. Hay mucha gente de Lancashire en el sur de Inglaterra. Vinieron huyendo de las zonas devastadas. Vi a un hombre vestido con un mono que llevaba una caja de herramientas en la mano y le repetí la pregunta. Aquella vez, la respuesta vino en cockney, pero tuvo que pensarla durante un momento.
—¿La Plaza del Mercado? ¿La Plaza del Mercado? A ver, a ver… ¡Ah! ¿Usted quiere decir el Mercado Viejo?
Le dije que sí, que debía de querer decir el Mercado Viejo.