Subir a por aire

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—Ah, bueno. Pues tuerza a la derecha…

Estaba muy lejos. A varios kilómetros, me pareció, aunque en realidad la distancia no llegaba a un kilómetro. Casas, tiendas, cines, capillas, campos de fútbol… todo nuevo. Otra vez me invadió aquella sensación de que, sin yo saberlo, se había producido allí una invasión enemiga. Toda aquella gente había venido en masa de Lancashire y de los suburbios de Londres y se habían instalado allí en un horrible caos, sin preocuparse siquiera de conocer el nombre de los principales lugares del pueblo. Y entonces vi por qué la que llamaban Plaza del Mercado era conocida ahora como el Mercado Viejo. Era una gran plaza, no cuadrada como antes, sino de una forma indefinida. Estaba en el centro de la nueva ciudad, y había en ella semáforos y una enorme estatua de bronce que representaba a un león con un águila entre sus garras, que debía de ser el monumento conmemorativo de la guerra. ¡Y todo tan nuevo! ¡Aquel aspecto crudo y barato! ¿Saben cómo son esas ciudades nuevas que se han hinchado rápidamente como globos en los últimos años, Hayes, Slough, Dagenham y otras? Esa especie de frialdad que tienen, el ladrillo color rojo vivo por todas partes, el aspecto provisional de los escaparates llenos de bombones rebajados y de piezas de radio. Pues Lower Binfield era así. Pero en un momento dado volví una esquina y me metí en una calle de casas viejas. ¡Por fin! ¡La Calle Mayor!


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