Subir a por aire

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La sala estaba decorada en un estilo aún más antiguo que el del George, con mesas de patas de hierro forjado y una araña de hierro forjado, platos de peltre colgando de la pared y no sé cuántos trastos más. ¿Se han fijado en lo oscuros que están siempre estos salones de té tan sofisticados? Supongo que ello forma parte del clima de antigüedad. Y en lugar de una camarera normal, había allí una mujer joven envuelta en una especie de bata estampada que me recibió con expresión agria. Le pedí un té y tardó diez minutos en traérmelo. Ya saben ustedes el té que dan en estos sitios, té chino, tan flojo que parece agua antes de mezclarlo con la leche. Yo estaba sentado casi exactamente donde estaba antes el sillón de padre. Casi podía oír su voz leyendo un «trozo», como él decía, del People, que trataba de las nuevas máquinas de volar o del tipo que fue tragado por una ballena. Tenía la curiosa sensación de que había entrado en aquel lugar bajo un pretexto, y de que, en cuanto descubriesen quién era, podían echarme de él. Pero al mismo tiempo sentí la necesidad de decirle a alguien que yo había nacido allí, que yo era de aquella casa, o mejor, tal como lo sentía realmente, que aquella casa era mía. No había nadie más que yo en el salón. La chica de la bata estampada estaba de pie, sin hacer nada, junto al escaparate, y se notaba que, de no haber estado yo allí, se habría puesto a limpiarse los dientes con un palillo. Mordí una de las rebanadas de pastel que me había servido. ¡Pasteles caseros! Sí, hechos en casa con margarina y aroma de huevo. Finalmente, cedí a la necesidad de hablar y le dije a la chica:


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