Subir a por aire

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Cuando llegué a la iglesia, me di cuenta de por qué se había hecho necesario un cementerio nuevo. El que había allí estaba abarrotado. En muchas tumbas había nombres que yo no conocía, pero los conocidos no fueron difíciles de encontrar. Paseé por entre las tumbas. Hacía poco que el sacristán había segado la hierba, y también allí olía a verano. Toda la gente mayor que yo había conocido había muerto ya. Gravitt, el carnicero, Winkle, el otro vendedor de granos, Trew, el antiguo dueño del George, la señora Wheeler de la tienda de dulces, todos yacían allí. Shooter y Wetherall estaban uno frente al otro a ambos lados del sendero, como si aún estuviesen cantando el uno contra el otro desde ángulos opuestos de la iglesia. Por fin, Wetherall no había llegado a los cien. Había nacido en el 43 y había «abandonado esta vida» en 1928. Pero había ganado a Shooter, como de costumbre. Shooter había muerto en el 26. ¡Lo bien que debió de pasarlo el viejo Wetherall durante aquellos últimos dos años, cantando sin competencia! También estaba allí el viejo Grimmett, en una enorme tumba de mármol cuya forma recordaba bastante la de un pastel de ternera, con una barandilla de hierro alrededor; y en un rincón había toda una tribu de Simmons bajo pequeñas cruces baratas. Todos convertidos en polvo. El viejo Hodges, con sus dientes color de tabaco, y Lovegrove, con su frondosa barba castaña, lady Rampling, el cochero y el lacayo, la tía de Harry Barnes, la que llevaba un ojo de cristal, Brewer, el del molino, con su perfil de cascanueces y su expresión malévola… De ninguno de ellos quedaba nada excepto una losa de piedra y Dios sabe qué debajo.


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