Subir a por aire
Subir a por aire Vi la tumba de mi madre, y junto a ella la de mi padre. Las dos estaban bastante bien cuidadas. El sacristán debía de cortar la hierba regularmente. Un poco más allá estaba la del tío Ezequiel. Buena parte de las tumbas más antiguas habían sido reformadas y arregladas todas por un igual, y habían desaparecido las viejas lápidas de madera, que parecían cabeceras de cama. ¿Qué se siente al ver la tumba de los padres al cabo de veinte años? No sé lo que se debería sentir, pero les diré lo que yo sentí. Nada absolutamente. Porque padre y madre nunca se han borrado de mi memoria. Es como si existiesen en algún lugar, en una especie de eternidad, madre detrás de la tetera marrón y padre con la cabeza calva y enharinada, sus gafas y su bigote gris, inmóviles para siempre como en una fotografía, pero vivos en cierta manera. Aquellas cajas llenas de huesos enterradas en el cementerio no me parecían tener relación alguna con ellos. Al encontrarme allí, me puse a pensar, sencillamente, qué siente uno cuando está bajo tierra, si a uno le preocupa mucho la cosa y cuánto tarda en dejar de preocuparse. Súbitamente, cayó sobre mí una gran sombra y me asusté un poco. Miré por encima del hombro. Era sólo un bombardero que se había interpuesto entre el sol y yo. La ciudad parecía estar plagada de aquellos aviones.