Subir a por aire

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Entré en la iglesia. Creo que fue la primera vez, desde que llegué a la ciudad, que dejé de tener aquella sensación fantasmal de encontrarme en un lugar distinto, o mejor dicho, la tuve pero de manera diferente. Porque allí no había cambiado nada. Nada, excepto que la gente de antes ya no estaba. Hasta los cojines de arrodillarse parecían los mismos. Y se respiraba aquel mismo olor a cadáver, polvoriento y dulzón. Y allí estaba el mismísimo agujero del ventanal de hacía veinticinco años, aunque, como era por la tarde y el sol estaba del otro lado, no se veía la mancha de luz subiendo por el suelo. Aún tenían bancos; no los habían cambiado por sillas. Allí estaba nuestro banco, y allá estaba el de delante de todos, donde Wetherall bramaba contra Shooter. ¡Sijón rey de los Amorreos, y Og, rey de Basán! Y allá estaban también las desgastadas losas del suelo, donde aún se podían leer a trozos los epitafios de las personas enterradas debajo. Me puse en cuclillas para mirar el que estaba al lado de nuestro banco. Aún me sabía de memoria los trozos legibles. Hasta el aspecto general de la inscripción parecía grabado en mi memoria. Sabe Dios cuántas veces la había leído durante el sermón.

«Aquí…… hijo de…… de esta parroquia…… su justa y ejemplar. A sus…… numerosas cualidades añadió una diligente…… amada esposa Amelia, con…… siete hijas……».


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