Subir a por aire

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Él no me reconoció a mí. Yo era sólo un visitante gordo con un traje azul que hacía un poco de turismo por allí. Me saludó y entabló en seguida la conversación habitual. Que si yo estaba interesado en la arquitectura, que si aquél era un edificio muy antiguo, cuyos cimientos se remontaban a la época sajona, etcétera, etcétera. Y pronto se puso a pasear de aquí para allá enseñándome las cosas notables: un arco normando a la entrada de la sacristía, una efigie de bronce de sir Roderick Bone, que murió en la batalla de Newbury, etcétera, etcétera. Yo le seguí con ese aire de perro apaleado que tienen siempre los hombres de negocios de edad madura cuando se les muestra una iglesia o una exposición de pintura. Claro que yo podía haberle dicho que ya conocía todo aquello. Podía haberle dicho que yo era Georgie Bowling, hijo de Samuel Bowling —aunque no se hubiese acordado de mí, ciertamente habría recordado a mi padre—, y que no sólo había escuchado sus sermones durante diez años y recibido de él la preparación para la confirmación, sino que incluso había pertenecido al Círculo de Lecturas de Lower Binfield y había leído trozos de Sésamo y Lirios sólo para darle gusto. Pero no lo hice. Me limité a seguirle de un sitio para otro, murmurando esas cosas que uno murmura cuando le explican que esto o aquello tiene quinientos años de antigüedad y a uno no se le ocurre qué demonio decir, excepto «pues nadie lo diría». Desde el momento en que le vi, tenía decidido dejarle creer que yo era un extraño. Y tan pronto como pude hacerlo sin resultar grosero, eché seis peniques en el cepillo de gastos de la iglesia y me fui. Pero ¿por qué? ¿Por qué no establecer contacto, ahora que por fin había encontrado a alguien que conocía?


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