Subir a por aire

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Volví al George. Quería beber algo, pero el bar no abría hasta dentro de media hora. Me entretuve en el salón un rato, leyendo un número de Sporting and Dramatic del año pasado, y entonces apareció la señora rubia, la que me había parecido que era viuda. Sentí una súbita y desesperada ansiedad por entablar relación con ella. Quería demostrarme a mí mismo que aún era joven, a pesar de la dentadura postiza. Al fin y al cabo, pensé, si ella tiene treinta años y yo cuarenta y cinco, la cosa no es tan desproporcionada. Yo estaba de pie junto a la chimenea apagada, en posición de calentarme el trasero, como se hace en un día de verano. Con el traje azul, no estaba mal del todo. Un poco gordo, pero distinguido. Un hombre de mundo. Podía pasar por un corredor de bolsa. En el tono más fino que encontré, le dije, como quien no quiere la cosa:

—Hace un tiempo magnífico para junio…

Era una frase bien inofensiva, ¿no creen? No era aquello de «¿No nos hemos visto en alguna parte?».





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