Subir a por aire

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Pues no dio resultado. Ella no respondió. Se limitó a bajar un poco el periódico que estaba leyendo y a dirigirme una mirada capaz de romper una ventana. Fue terrible. Tenía aquella clase de ojos azules que le atraviesan a uno como una bala. En aquella fracción de segundo me di cuenta de que me había hecho una idea equivocada de ella. No era de esas viudas que se tiñen el pelo y les gusta que las lleven a bailar. Pertenecía a la alta clase media; debía de ser hija de un almirante o algo así, y habría ido a una de esas escuelas buenas en las que las chicas juegan a hockey. Y me había hecho también una idea equivocada de mí mismo. Con traje nuevo o sin él, yo no podía pasar por un corredor de bolsa. Parecía sólo un viajante de comercio con un poco de dinero. Emprendí la retirada y me fui al bar privado del hotel a tomarme una mediana o dos antes de cenar.

La cerveza no era la misma de antes. Me acuerdo de la antigua y excelente cerveza del valle del Támesis, que tenía un cierto regusto porque la hacían con agua calcárea. Le pregunté a la camarera:

—¿Todavía son los Bessemer los dueños de la cervecería?

—¿Los Bessemer? Uy, no, señor, ya no están. Ya hace años que se fueron, antes de venir nosotros aquí.


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