Subir a por aire

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Era una chica amable, el tipo de camarera que yo llamo «tipo hermana mayor». Rayaba en los treinta y cinco, tenía una expresión amable y los brazos musculosos que se les hacen a todas de tanto manejar la bomba de la cerveza. Me dijo el nombre del monopolio al que pertenecía ahora la cervecería. De hecho, ya podía habérmelo imaginado por el sabor. Los tres mostradores formaban un círculo, con tabiques de separación entre ellos. Enfrente, en el bar abierto al público, había dos hombres que jugaban a los dados, y en el otro mostrador había un tipo, al que yo no veía, que de cuando en cuando hacía algún comentario con voz sepulcral. La camarera apoyó sus gruesos codos en el mostrador y se puso a charlar conmigo. Yo le mencioné los nombres de toda la gente que conocía, pero a ella no le sonaba ninguno. Me dijo que sólo llevaba cinco años en Lower Binfield. Ni siquiera había oído hablar del viejo Trew, el antiguo propietario del George.

—Yo he vivido aquí muchos años —le dije—. Hace ya mucho tiempo, antes de la guerra.

—¿Antes de la guerra? ¡Vaya! No parece tan mayor…

—Habrá notado muchos cambios, ¿no? —dijo el hombre del mostrador.

—Sí, el pueblo ha crecido mucho —respondí—. Son las fábricas, supongo.


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