Subir a por aire
Subir a por aire Me puse la dentadura y me asomé a la ventana. Era otro hermoso día de junio. El sol comenzaba a caer oblicuamente en los tejados y a iluminar las fachadas del otro lado de la calle. Los geranios rosa de las ventanas hacían un bonito efecto. Aunque eran sólo las ocho y media, aproximadamente, y aquella calle era sólo una travesía de la plaza del mercado, había mucha gente yendo y viniendo. Se veían muchos hombres con aspecto de oficinistas, con trajes oscuros y carteras de documentos, que andaban apresuradamente, todos en la misma dirección, exactamente como si aquello fuese un suburbio de Londres y se apresurasen para no perder el tren. Los colegiales iban hacia la plaza en grupos de dos o tres. Me asaltó el mismo sentimiento del día anterior, cuando vi la jungla de casitas rojas que había inundado la colina de Chamford. ¡Malditos intrusos! Veinte mil forasteros que ni siquiera conocían mi nombre. Allí estaba toda aquella vida nueva agitándose de aquí para allá, y allí estaba yo, un pobre gordito ya mayor con dentadura postiza, mirándoles desde una ventana y rumiando historias que a nadie interesaban sobre cosas que pasaron hacía treinta o cuarenta años.
¡Señor! Pensé que no era que yo viese fantasmas, sino que el fantasma era yo. Ellos eran los que estaban vivos, y yo el muerto.