Subir a por aire
Subir a por aire Pero después del desayuno —merluza, riñones al horno, tostadas con mermelada y café— me sentà mejor. La digna señora no estaba. El aire era ya agradablemente estival, y no podÃa evitar pensar que con el traje azul tenÃa aspecto distinguido. Qué demonio, pensé, si soy un fantasma pues soy un fantasma. Me pasearé, rondaré los antiguos lugares. Y quizá pueda echarle el mal de ojo a alguno de esos cabrones que me han robado el pueblo donde nacÃ.
Me puse en camino, pero apenas me acercaba a la plaza me detuve por algo que no habÃa esperado ver. Bajaba por la calle un grupo de unos cincuenta colegiales, en formación de cuatro en fondo, con un aire todo marcial, siguiendo a una mujer de expresión adusta que los dirigÃa como un sargento. Los cuatro de delante llevaban una pancarta ribeteada de rojo, blanco y azul, con la inscripción ESTAD PREPARADOS en grandes letras. El barbero de la esquina habÃa salido a la puerta a verlos. Era un tipo de pelo negro y brillante y cara inexpresiva. Le pregunté:
—¿Qué hacen estos chavales?
—Son las prácticas para la alarma aérea —me explicó vagamente—. La Defensa Pasiva. Hacen no sé qué ensayos. Ésa es la señorita Todgers.