Subir a por aire

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Podía haber adivinado que era la señorita Todgers. Lo llevaba escrito en la cara. Pertenecía a ese tipo de solteronas avinagradas de pelo gris y cara apergaminada que mandan siempre los grupos de Chicas Guías, dirigen los albergues de la YWCA[9] y otras cosas de este estilo. Llevaba una falda y una blusa que, sin serlo, tenían todo el aspecto de un uniforme y le daban a uno la fuerte sensación de que llevaba correajes. Yo me había encontrado con mujeres como aquélla. Habían estado en el Cuerpo Auxiliar Femenino cuando la guerra, y en su vida lo habían pasado tan bien. Aquello de la Defensa Pasiva era una golosina para ellas. Mientras los niños desfilaban, la oí gritar, en el mismo tono que lo haría un sargento de verdad, «¡Mónica! ¡Levanta los pies!». Y vi que los cuatro niños de la cola llevaban otra pancarta ribeteada de rojo, blanco y azul con la inscripción:

NOSOTROS ESTAMOS PREPARADOS

¿Y VOSOTROS?

—¿Por qué les hacen pasear así? —le pregunté al barbero.

—No lo sé. Es como una propaganda.


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