Subir a por aire
Subir a por aire Yo me detuve también, tan pronto como encontré un escaparate que me sirviese de coartada. Era una tienda de artículos de lampistería y decoración, y el escaparate estaba lleno de muestras de papel pintado, objetos para cuarto de baño y cosas de este tipo. En aquel momento yo estaba a menos de quince metros de las dos mujeres. Oía el murmullo de sus voces en una de esas insulsas conversaciones que tienen las mujeres cuando hablan sólo para matar el rato.
—Sí señora, sí. Ya lo creo. Y yo ya se lo dije, digo «¿pues qué te creías?». No hay derecho, ¿verdad que no? Pero es inútil. Es como hablar con la pared. ¡Tiene una caradura!
Y así durante un rato. Yo estaba cada vez más cerca de adivinar quién era. Era evidente que aquella mujer era la esposa de un pequeño tendero, lo mismo que la otra. Me preguntaba si sería por fin alguien que había conocido en Lower Binfield, cuando se volvió hasta quedar de cara a mí y la vi casi de frente. ¡Dios mío de mi vida! ¡Era Elsie!
Sí, era Elsie. No habría podido equivocarme. ¡Elsie! ¡Aquella gorda!