Subir a por aire

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La antigua finca tenía una extensión de unas veinte hectáreas, me imagino. Y las tierras del manicomio no debían de tener más de tres o cuatro. Y no les interesaría tener en ellas un estanque grande, en el que los locos podrían ahogarse. La casa del guarda, donde vivía el viejo Hodges, era la misma de siempre, pero el muro de ladrillo amarillo y las grandes puertas de hierro eran nuevas. Por la imagen que vi a través de la puerta, no hubiese reconocido el lugar. Había senderos cubiertos de gravilla, parterres con flores y extensiones de césped. Paseaban por allí unos cuantos tipos de mirada perdida, los locos, supuse. Subí un trecho más por la carretera, por la derecha. El estanque —el grande, aquél al que yo iba a pescar cuando niño— estaba a unos doscientos metros detrás de la casa. Anduve cosa de unos cien metros, al cabo de los cuales llegué a la esquina del muro. Deduje, pues, que el estanque quedaba fuera de las tierras del sanatorio. En aquel lugar, el bosque parecía mucho más claro que antes. Oí voces de niños. ¡Allí estaba el estanque! Me detuve un momento, preguntándome qué le había pasado. Y lo vi: habían cortado todos los árboles de la orilla. Parecía desnudo y diferente. De hecho, se parecía extraordinariamente al estanque de los jardines de Kensington. A su alrededor jugaban los niños, haciendo flotar barquitos o navegando ellos mismos en patines o pedales. Y algunos chicos mayores se deslizaban sobre el agua en esas pequeñas canoas que funcionan haciendo girar una manivela. A la izquierda, donde estaba antes la vieja casilla de botes medio podrida entre las cañas, había una especie de pabellón donde vendían dulces, y un gran letrero blanco que decía: CLUB DE MODELISMO NÁUTICO DE UPPER BINFIELD.


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