Subir a por aire

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Era evidente que se trataba de otro de sus trucos. Me di cuenta de lo que había sucedido. Por alguna razón, se había olido —buena es Hilda para estas cosas— que yo no estaba en Birmingham, y había ideado aquello para hacerme volver a casa. No podía soportar la idea de que estuviese tantos días con aquella otra mujer. Porque, naturalmente, había dado por supuesto que estaba con una mujer. Es incapaz de imaginar cualquier otra cosa. Y, naturalmente, supuso que volvería corriendo a casa cuando me enterase de que estaba enferma. Y aquí es precisamente donde se equivoca, me dije, mientras me terminaba la cerveza. Soy demasiado inteligente para dejarme atrapar así. Recordé los trucos que había inventado antes, y las extraordinarias molestias que es capaz de tomarse para desenmascararme. Yo la he visto incluso, una vez que tenía que hacer un viaje que ella consideró sospechoso, consultar una guía de ferrocarriles y un mapa de carreteras para ver si decía la verdad acerca de mi itinerario. Y una vez me siguió hasta Colchester, y me salió al paso inesperadamente en el hotel Temperance. Y ahora, para desgracia mía, sus sospechas eran fundadas, es decir, no lo eran, pero había circunstancias que las hacían parecer fundadas. Yo no me creía en absoluto que estuviese enferma. De hecho, estaba seguro de que no lo estaba.



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