Subir a por aire

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Pero inmediatamente se produjo el ¡BUUM-BRRRRR!, un ruido infernal. Y después un estrépito como el que produciría una tonelada de carbón cayendo sobre una plancha de hojalata. Eran ladrillos que caían. Tuve la impresión de fundirme con el suelo.

—Ya ha empezado —pensé—. Lo sabía. El amigo Hitler no ha esperado. Nos ha enviado sus bombarderos sin avisar.

Y me ocurrió una cosa extraña. Cuando aún resonaba el eco de aquel horrible y ensordecedor ruido que pareció dejarme helado de la cabeza a los pies, tuve tiempo de pensar que hay algo imponente en la explosión de un gran proyectil. ¿Cómo es el sonido? Es difícil de decir, porque cuando uno lo oye, se mezcla siempre con el miedo que siente. Lo grande es sobre todo la visión del metal que explota. A uno le parece ver las grandes tiras de acero abriéndose. Pero lo realmente notable es la sensación que le da a uno de ser bruscamente enfrentado con la realidad. Es como ser despertado por un cubo de agua. Uno se ve súbitamente arrancado de sus sueños por un estrépito de metal que estalla, y ello es terrible, pero real.

Se oyó una serie de gritos y chillidos, y ruido de coches frenando bruscamente. La segunda bomba que yo esperaba no caía. Levanté un poco la cabeza. Por todas partes, la gente corría y gritaba. Un coche avanzaba en diagonal por la calle. Oí una voz de mujer que gemía:


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