Subir a por aire
Subir a por aire Y allí estaba la prueba, el dossier del caso. No sabía aún de qué se trataba, sólo sabía que era la prueba de que había estado con una mujer. Perdí todo mi aplomo. Hacía un momento, la había estado acusando, fingiendo estar enojado porque me había hecho volver de Birmingham para nada, y ahora, de pronto, se cambiaban las tornas. Y sé muy bien cuál era la expresión de mi cara en aquel momento. Sé que parecía tan culpable como si lo llevase escrito en la frente con letras grandes. Cierto que no era culpable de nada. Pero es una cuestión de hábito. Estoy acostumbrado a estar siempre en falta. Y le respondí, sintiendo el tono de culpa que fatalmente tomaban mis palabras:
—¿Qué quieres decir? ¿Qué es este papel?
—Léelo y verás lo que es.
Lo cogí. Era una carta de lo que parecía ser un bufete de abogados, y vi que la dirección era un número de la misma calle que el hotel Rowbottom.
«Muy señora nuestra —leí—, con referencia a su carta del 18 del cte., creemos que debe de tratarse de un error. El hotel Rowbottom cerró hace dos años, y el edificio ha sido convertido en un bloque de oficinas. No ha estado aquí nadie que respondiera a la descripción de su marido. Seguramente…».