Subir a por aire
Subir a por aire No leà más. Naturalmente, vi en seguida lo que habÃa ocurrido. Me habÃa pasado de listo y habÃa metido la pata. Quedaba sólo un débil rayo de esperanza: que el joven Saunders se hubiese olvidado de echar la carta que yo fingà enviar desde el Rowbottom, en cuyo caso aún podÃa intentar defender mi coartada, pero en seguida Hilda me hizo despedirme de la idea.
—¿Qué, George, ya has visto lo que dice la carta? El dÃa que te fuiste escribà al hotel Rowbottom; una simple nota preguntándoles cuándo habÃas llegado allÃ. ¡Y ya ves la respuesta que recibÃ! El hotel Rowbottom ya no existe. Y el mismo dÃa, con el mismo correo, recibà tu carta diciéndome que estabas allÃ. Supongo que le pediste a alguien que la enviase. ¡Eso era lo que tenÃas que hacer en Birmingham!
—¡Pero óyeme, Hilda! Estás equivocada. No es nada de todo esto. No lo has entendido.
—Oh, sà que lo he entendido, George. Lo he entendido perfectamente.
—Pero, escucha, Hilda…
Fue inútil, naturalmente. Me habÃa atrapado. No me sentÃa capaz ni de mirarla a la cara. Di media vuelta y traté de dirigirme a la puerta.
—Voy a meter el coche en el garaje —dije.
—¡Ah, no, George! No te escaparás asÃ. Te quedarás aquà y escucharás lo que tengo que decirte.