Subir a por aire
Subir a por aire —Pero, demonios, tengo que encender las luces… Es más de la hora. No querrás que me pongan una multa.
Ante aquel argumento, me dejó ir, y yo salà y encendà las luces, pero cuando volvà ella estaba aún allÃ, de pie, como un fiscal, con las dos cartas, la mÃa y la de los abogados, en la mesa delante de ella. Yo me habÃa recuperado un poco e hice otro intento.
—Escucha, Hilda. Tú sola te has hecho un lÃo con este asunto. Puedo explicártelo todo.
—Ya me imagino que puedes explicarme cualquier cosa, George. La cuestión es si yo te creeré.
—¡Es que estás sacando unas conclusiones absurdas! Además, ¿por qué escribiste al hotel?
—Fue idea de la señora Wheeler. Una idea muy buena, como se ha demostrado.
—¿Ah, con que ha sido la señora Wheeler? ¿Asà que no has dudado en meter a esa maldita mujer en nuestros asuntos privados?
—No necesitó que la metiese yo. Fue ella misma quien me advirtió lo que pensabas hacer esta semana. Dijo que tenÃa una corazonada. Y ya ves que tenÃa razón. Lo sabe todo de ti, George. Su marido era exactamente igual que tú.
—Pero, Hilda…