Subir a por aire
Subir a por aire La miré. Se le había puesto la cara como blanca debajo de la piel, como le ocurre cuando piensa que he estado con otra mujer. ¡Una mujer! ¡Ojalá hubiese sido verdad!
¡Qué perspectiva se me presentaba! Ya deben de saber cómo son estas cosas. Las semanas enteras de regañina continua y de malas caras, las observaciones insidiosas cuando uno cree que ya se ha firmado la paz, las comidas retrasadas, los niños preguntando qué pasa. Pero lo que realmente me atemorizaba era aquella estrechez mental, aquella atmósfera mental en la cual la verdadera razón por la que había vuelto a Lower Binfield no sería nunca imaginable. Aquello era lo que me impresionaba más de todo en aquel momento. Aunque me pasase una semana explicándole a Hilda por qué había ido a Lower Binfield, no lo entendería. ¿Y quién lo entendería aquí en la calle Ellesmere? Dios mío, ¿es que lo entendía yo mismo? La cosa parecía ya borrarse de mi cabeza. ¿Por qué había ido a Lower Binfield? ¿Había estado realmente allí? En aquella atmósfera, parecía sencillamente absurdo. En la calle Ellesmere nada es real excepto los recibos del gas, las facturas de la escuela, la verdura hervida y los lunes en la oficina.
Lo intenté otra vez:
—¡Pero escúchame, Hilda! Ya sé lo que estás pensando. Pero te equivocas de medio a medio. Te juro que estás equivocada.