Subir a por aire

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Cuando me colocaron los dientes nuevos, me sentí mucho mejor. Se ajustaban suavemente a las encías, y aunque seguramente es absurdo decir que los dientes postizos le hacen sentirse a uno más joven, es un hecho que a mí me daban esa sensación. Al pasar junto a un escaparate, me sonreí a mí mismo para verlos. No estaban nada mal. Warner, aunque barato, es un artista en este terreno, y no pretende que sus clientes parezcan anuncios de dentrífico. Tiene unos enormes armarios, que un día me enseñó, llenos de dientes artificiales, ordenados por tamaños y colores, y los escoge cada vez como los joyeros escogen piedras para un collar. Nueve personas de cada diez tomarían mis dientes por naturales.

Me miré durante un buen rato en otro escaparate, y vi que yo no era realmente un hombre feo. Un poco grueso, de acuerdo, pero no desagradable, sólo lo que los sastres llaman «una figura llena». Y el color subido de mi cara agrada a algunas mujeres. Pensé que todavía estaba joven y lleno de energías. Pensé en las diecisiete libras y decidí, de una vez por todas, gastarlas en una mujer. Tenía tiempo de tomarme una cerveza antes de que cerrasen los bares, sólo para bautizar la dentadura. Me sentía rico y me detuve en un estanco para comprar un puro de seis peniques, de una clase que me gusta. Miden un palmo y son habanos garantizados. De todas maneras, me imagino que en La Habana crecen las coles como en cualquier otro lugar.


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