Subir a por aire
Subir a por aire Cuando salí del bar, me sentía otro hombre. Me había tomado dos medianas, que me infundían un agradable calorcillo. El humo del habano entre mis dientes nuevos me daba una suave sensación de frescor. Me puse pensativo y filosófico. Ello se debía, en parte, al hecho de no tener que trabajar. Mi mente reanudó la meditación sobre la guerra que había iniciado aquella mañana, cuando el bombardero volaba por encima del tren. Me sentía en una especie de estado profético, ese estado en el cual uno puede prever el fin del mundo y extraer de ello un cierto placer.