Subir a por aire
Subir a por aire Subía por el Strand hacia el oeste, y aunque hacía fresco andaba despacio, saboreando el habano. Había en esa calle la habitual multitud que casi le impide a uno abrirse paso. Todos tenían aquella expresión fija e idiotizada que tiene la gente en las calles de Londres. El tráfico era muy denso; los grandes autobuses rojos se abrían camino penosamente entre los coches; los motores rugían y los cláxons sonaban sin cesar. Una barahúnda suficiente para despertar a los muertos, pero no para despertar a esa gente, pensé. Tuve la impresión de ser la única persona despierta en una ciudad de sonámbulos. Eso es una ilusión, desde luego. Cuando se camina entre una multitud de extraños, es casi imposible no imaginar que todos ellos son estatuas de cera, pero probablemente ellos piensan lo mismo de uno. Y esa especie de estado profético en el que me siento con frecuencia, la sensación de que la guerra está a la vuelta de la esquina y de que la guerra es el fin de todas las cosas, no la tengo yo sólo. Quien más, quien menos, todo el mundo la tiene. Supongo que incluso entre la gente que pasa en este momento debe de haber hombres que se imaginan ya la explosión de las bombas, el barro. Sea lo que sea lo que uno piense, siempre hay un millón de personas pensando lo mismo en el mismo instante. Pero el hecho es que yo tenía aquella impresión de ser el único. Estábamos sentados en un polvorín, y nadie lo sabía excepto yo. Miré las estúpidas caras que pasaban. Como los pavos en noviembre: no tienen ni idea de lo que se les viene encima. Era como si tuviese rayos X en los ojos y viese pasar sus esqueletos.