Subir a por aire
Subir a por aire Ya saben ustedes el tipo de cocina que tenía la gente en aquellos tiempos. Una sala enorme, bastante oscura, con una gran viga atravesando el techo bajo, suelo de losas de piedra y con una bodega debajo. Todo era enorme, o al menos así me lo parecía cuando era niño. Había una gran fregadera de piedra que tenía, en lugar de grifo, una bomba de hierro, un aparador que cubría toda una pared y llegaba hasta el techo, una cocina gigantesca que consumía media tonelada de carbón al mes y que había que limpiar trabajosamente con plombagina. Veo a mi madre amasando una torta. Y me veo a mí gateando, jugando con los tacos de leña, con los trozos de carbón y con las trampas para escarabajos (las teníamos en todos los rincones oscuros; eran de hojalata y se cebaban con cerveza), y acercándome a la mesa de vez en cuando para ver de conseguir algo de comer. Mi madre «no era partidaria» de darme nada fuera de horas. Su respuesta era casi siempre la misma:
—¡Vete de aquí ahora mismo! No quiero que te estropees el apetito. Comes más con los ojos que con la boca…
Algunas veces, sin embargo, me daba un poquito de confitura.