Subir a por aire

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Me gustaba mirar a mi madre amasando pasta. Tiene siempre algo de fascinante contemplar a alguien que hace un trabajo en el que es experto. Observen a una mujer que realmente sabe cocinar cuando está amasando pasta. Tiene una expresión especial solemne y abstraída, un aire satisfecho, como el de una sacerdotisa celebrando un rito. Y para ella, desde luego, la cosa no es menos seria. Mi madre tenía unos antebrazos anchos, fuertes y sonrosados, y los tenía casi siempre salpicados de harina. Cuando cocinaba, todos sus movimientos eran admirablemente precisos y seguros. En sus manos, los batidores de huevos, las maquinillas de picar carne y los rodillos de amasar hacían exactamente lo que debían hacer. Al verla cocinar, se notaba que estaba en un mundo que era el suyo, entre objetos que realmente comprendía. Aparte de los periódicos dominicales y de algún ratito de cotilleo, el mundo exterior no tenía existencia real para ella. Aunque leía mejor que mi padre y, a diferencia de él, compraba alguna novelita además de los periódicos, era increíblemente ignorante. Es algo de lo que yo me daba cuenta cuando no tenía más que diez años. Madre no sabía si Irlanda estaba al este o al oeste de Inglaterra, y dudo que, antes de estallar la Gran Guerra, supiese quién era el primer ministro. Ni sentía tampoco el menor deseo de saber tales cosas. Más adelante, cuando leía libros sobre los países de Oriente en los que se practica la poligamia y sobre los harenes ocultos donde las mujeres están encerradas bajo la vigilancia de eunucos negros, pensaba en lo escandalizada que hubiera estado (aunque no supiese, desde luego, lo que era un eunuco) madre al oír aquello. Me la imagino exclamando:


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