Subir a por aire
Subir a por aire —¡Madre mía! ¡Encerrar a sus mujeres así! ¡Qué bárbaros!
Pero su propia vida se desenvolvía en un espacio que debía de ser tan pequeño y casi tan aislado como el de la mayoría de aquellas mujeres. Incluso en nuestra casa, había lugares donde ella nunca ponía los pies. Por ejemplo, nunca iba al desván, y muy raramente a la tienda. No recuerdo haberla visto nunca atendiendo a un cliente. No hubiese sabido dónde estaban las cosas, y probablemente no sabía distinguir el trigo de la avena hasta verlos convertidos en harina. ¿Y por qué tenía que saberlo? La tienda era cosa de mi padre, era «el trabajo del hombre», y ella no mostraba mucha curiosidad ni siquiera por el aspecto monetario del negocio. Su trabajo, el «trabajo de la mujer», consistía en cuidarse de la casa, de las comidas, de la ropa y de los niños. Si hubiese visto algún día a mi padre o a cualquier miembro del sexo masculino intentando coserse un botón, le hubiese dado un ataque.