Subir a por aire

Subir a por aire

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

En lo referente a comidas y cosas de este tipo, la nuestra era una de esas casas en las que todo marcha según el reloj. Pero no quiero decir «según el reloj» porque ello da idea de cosa mecánica. Era más bien como un proceso natural. Se sabía que por la mañana el desayuno estaría en la mesa de la misma forma que se sabía que saldría el sol. Durante toda su vida, mi madre se acostó a las nueve y se levantó a las cinco. Cualquier retraso en este horario le hubiese parecido algo vagamente perverso, como decadente, extranjero y aristocrático. Aunque no tenía inconveniente en pagar a Katie Simmons para que nos llevase a Joe y a mí de paseo, nunca habría consentido tener a una mujer que la ayudase en el trabajo de la casa. Tenía la firme convicción de que las criadas siempre echaban el polvo debajo del armario cuando barrían. Nuestras comidas estaban siempre listas a su hora. Eran comidas abundantes —ternera hervida con pasta, ternera asada y bizcocho de Yorkshire, cordero hervido con alcaparras, cabeza de cerdo, tarta de manzana, tarta de pasas y rollos de jamón— y muy bien guisadas. Las viejas ideas sobre la educación de los niños, aunque perdían terreno rápidamente, estaban aún en vigor. En teoría, aún se pegaba a los niños y se les mandaba a la cama castigados a pan y agua, y a nosotros nos echaban de la mesa si hacíamos demasiado ruido al comer, si nos reíamos, si nos negábamos a comer alguna cosa considerada «buena», o cuando «contestábamos». Pero, en la práctica, nuestros padres no eran excesivamente severos. De los dos, madre era la más intransigente. Padre, aunque repetía siempre aquello de que «quien bien te quiere te hará llorar», era en realidad demasiado blando con nosotros, especialmente con Joe, que fue un chico difícil ya desde pequeño. Mi padre decía siempre que «un día de éstos» le daría a Joe una buena paliza, y nos hacía terribles relatos —que ahora creo que eran falsos— de las grandes zurras que le daba su padre con la correa, pero de aquí no pasaba. Por entonces, Joe tenía doce años, y era demasiado fuerte para que madre le pusiese encima de sus rodillas para pegarle; a partir de entonces, ya no hubo nada que hacer con él.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker