Subir a por aire
Subir a por aire En aquella época, todavía se consideraba que los padres debían pasarse el día diciendo a sus hijos «no hagas esto, no hagas aquello». Era frecuente oír a un hombre amenazando con «matar a palos» a su hijo si le pillaba fumando, robando manzanas o cogiendo nidos. En algunas familias, aquellos palos se hacían realidad. El viejo Lovegrove, el talabartero, atrapó a sus hijos, dos muchachotes de quince y dieciséis años, fumando en el cobertizo del jardín, y les dio una azotaina tal que se oían los gritos en todo el pueblo, y él mismo era un fumador empedernido. Las palizas nunca parecían dar ningún resultado, pues todos los chicos robaban manzanas, cogían nidos y se ponían a fumar más tarde o más temprano, pero todavía imperaba la idea de que con los niños había que tener mano dura. Casi todas las cosas agradables estaban prohibidas, por lo menos en teoría. Según mi madre, todo lo que un muchacho tenía ganas de hacer era «peligroso». Era peligroso nadar, subirse a los árboles, deslizarse por el hielo, tirarse bolas de nieve, colgarse de los carros, usar hondas, cazar ardillas con bastones, incluso pescar. Todos los animales eran peligrosos, excepto Nailer, los dos gatos y Jackie, el pinzón. A cada animal se le atribuía una forma de ataque propia: los caballos mordían, los murciélagos se le metían a uno en el pelo y las tijeretas en las orejas, los cisnes le rompían a uno una pierna con un golpe de ala, los toros embestían, y las serpientes «picaban». Mi madre sostenía que todas las serpientes picaban, y cuando le dije que, según había encontrado en la enciclopedia, no picaban sino que mordían, me respondió que hiciese el favor de no replicar. Los lagartos, luciones, sapos, ranas y tritones también picaban. Todos los insectos picaban, excepto las moscas y las cucarachas. Prácticamente, todas las cosas comestibles, excepto las que se servían en la mesa, eran o bien venenosas o bien «malas». Las patatas crudas eran un veneno mortal, al igual que las setas, a no ser que fuesen compradas en la tienda. Las grosellas silvestres producían cólicos, y las frambuesas, una erupción cutánea. Si se bañaba uno después de comer, moría de un calambre; si se cortaba uno entre el pulgar y el índice, ello era causa de trismo, y si se mojaban las manos en el agua de cocer huevos le salían a uno verrugas. Casi todas las cosas de la tienda eran venenosas, y por ello mi madre había colocado aquella puerta. Muchas semillas eran venenosas, al igual que los granos de mostaza y el pienso avícola Karswood. Los dulces eran malos, y comer fuera de horas era malo.