Subir a por aire

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En cambio, había algunas cosas que madre siempre nos dejaba comer, aunque fuese entre comidas. Cuando hacía mermelada de ciruela, nos dejaba comer la jalea que quedaba en la superficie, de la que nos atiborrábamos hasta ponernos malos. Aunque casi todas las cosas eran o peligrosas o venenosas, había algunas que poseían misteriosas virtudes. La cebolla cruda era remedio para casi todos los males. El dolor de garganta se quitaba liándose una media al cuello. El azufre en el agua de los perros actuaba como tónico, y la taza del viejo Nailer, detrás de la puerta del patio, siempre tenía dentro un trozo de azufre, que se quedaba allí año tras año sin disolverse nunca.












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